3.00 am, suena el teléfono
El 112 nos activa, paciente inconsciente con un traumatismo craneoencefálico por una agresión en vía pública.
Rápidamente nos pusimos las botas, subimos a la ambulancia y nos dirigimos a la ubicación asignada.
La policía nos esperaba junto a la víctima.
Un hombre de unos 45 años estaba tendido en el suelo, sobre un charco de sangre en la puerta de su casa.
Padre de dos hijos, trabajador del campo desde hace más de 20 años y residente de la zona.
La familia estaba hundida, bañada en un mar de lágrimas, arrodillada a sus pies, le agarraban firmemente sus manos como intentando que no les dejara.
Los apartamos para poder trabajar pues el tiempo corría en nuestra contra.
Su vida se escapaba, tenía una respiración muy débil, una vía aérea comprometida y unas pupilas de diferente tamaño que nos alertaban de la gravedad de la situación.
Hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos para estabilízalo, trabajamos en el suelo, codo con codo para salvarle la vida.
Cuando lo logramos, lo trasladamos al hospital útil más cercano.
Después del aviso, estábamos exhaustos, agotados.
Realizamos un necesario debriefing y una rápida hidratación, repusimos aquello que gastamos y otra vez operativos.
Por la mañana siguiente nos informaron que el hombre había sido intervenido quirúrgicamente y estaba estable en la UCI.
Suspiramos, nos acordamos del llanto de su familia, del dolor y sufrimiento.
Llegó el relevo, un café con sabor amargo y rumbo a casa.
En el camino paré a comprar churros en mi sitio de cabecera, porque creo que hay tradiciones familiares que se deben respetar.
Y al llegar a casa y abrir la puerta, mis pequeños que ya me habían escuchado, se abalanzaron sobre mi, seguramente atraídos más por el olor de los churros que por mi retorno a casa (aunque yo preferí pensar que era porque me echaban de menos después de 24 horas de guardia).
Y mientras los abrazaba recordé el aviso de la madrugada y el llanto de aquellos hijos al ver a su padre herido.
Me fundí con ellos en un abrazo de esos que duran más de seis segundos, tomé aire y guardé mis botas hasta la próxima guardia.
Espero que pronto, aquellos pequeños que vieron como me llevaba a su padre en la ambulancia puedan disfrutar nuevamente de una desayuno en familia.
Y es que cada guardia me recuerda, el valor que tienen estas pequeñas cosas.
Otra guardia más, otra noche de insomnio Con Tinta de Médico.
JM Salas – divulgador sanitario, autor y editor del libro y blog Con Tinta de Médico.
Máster en Dirección sanitaria, experto universitario en liderazgo.



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