A veces, la vida te obliga a elegir entre aceptar una oportunidad o ser fiel a tus principios. He aprendido que no siempre coinciden.
Siempre he pensado que determinados cargos directivos no consisten en estar por estar. Consisten en estar para hacer. Y detrás de cada propuesta debería existir un proyecto, una visión y un propósito.
Desde hace años dedico más tiempo a la dirección y gestión de organizaciones que a mi labor asistencial. Me he formado para ello porque creo que liderar también se aprende. Pero precisamente ese camino me ha enseñado una de las lecciones más difíciles: aprender a decir que no.
Durante mucho tiempo pensé que aceptar una responsabilidad era siempre la mejor decisión. Hoy creo justo lo contrario. Decir «sí» a todo no siempre es compromiso; muchas veces significa renunciar a aquello que realmente merece nuestro tiempo, nuestra energía y nuestro talento.
Bruce Tulgan, en su artículo «Learn When to Say No», publicado en Harvard Business Review, sostiene que los mejores líderes no son quienes aceptan todas las oportunidades, sino quienes saben priorizar y reservar su tiempo para aquello en lo que realmente pueden aportar valor. Cada «sí» implica un «no» a otra cosa. La verdadera pregunta no es cuántas responsabilidades asumimos, sino si podremos aportar el valor que esas responsabilidades necesitan.
Por eso creo que aceptar una responsabilidad solo tiene sentido cuando existe un propósito compartido, una visión clara y la capacidad real de transformar las cosas. Porque dirigir no consiste en ocupar una silla, sino en mover una organización hacia un lugar mejor.
La competencia clínica y la competencia directiva no son lo mismo. Ambas son imprescindibles, pero requieren habilidades diferentes y una preparación específica. La experiencia asistencial aporta credibilidad; el liderazgo se construye desarrollando la capacidad de inspirar, decidir, gestionar equipos y transformar organizaciones.
Con los años he aprendido que impulsar un proyecto desde cero, hacerlo crecer, afrontar las dificultades y mantener viva una visión compartida es una de las mejores escuelas de liderazgo. Porque transformar una organización no depende solo del conocimiento técnico, sino también de la capacidad para generar confianza, sumar voluntades y convertir las ideas en resultados.
También he aprendido que el tiempo forma parte de cualquier proyecto. A veces, las oportunidades también tienen fecha de caducidad. No porque desaparezcan, sino porque las personas seguimos avanzando, planificando y tomando decisiones sobre nuestra vida profesional y personal. El silencio también decide. Y aunque una propuesta pueda tener sentido hoy, también necesita llegar en el momento oportuno. Porque el tiempo como las oportunidades, tampoco se detiene.
Al final, aprender a decir «no» no es renunciar a las oportunidades. Es elegir aquellas en las que existe un proyecto, un propósito y la posibilidad real de dejar las cosas un poco mejor de como las encontramos.
Por eso, cuando me veáis decir «si» a un proyecto, podéis estar seguros de que nunca habrá sido por el cargo. Habrá sido por la convicción de que merecía la pena construirlo.
Porque, al final, la vida no consiste en esperar a que lleguen las oportunidades. Consiste en seguir viviendo mientras llegan. Y para renunciar a parte de esa vida que tanto cuesta construir, el motivo tiene que merecer realmente la pena.
Que tengáis un feliz verano.
Otra noche de insomnio, otro post Con Tinta de Médico.
José Manuel Salas
Médico de Emergencias y Divulgador Sanitario.
Autor de Con Tinta de Médico.



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